LOS ÁNGELES, CALIFORNIA.- La conmemoración del 50 aniversario de la fundamental y eterna Tiburón ha tenido un buen complemento con los recientes estrenos en cines de dos propuestas adscritas a la temática, ambas australianas y llamativas por las variantes que establecen.
De acuerdo con CINEMANÍA, Dangerous Animals, con Jai Courtney como un asesino al que le gusta arrojar a sus víctimas al océano a modo de cebo humano, llevaba tiempo en el radar del aficionado, y más de uno estaba también pendiente de la llegada de Tiburón blanco. La bestia del mar, película de componente bélico que deriva en una historia de supervivencia agravada por el acecho de un enorme escualo.
La segunda, protagonizada por Mark Coles Smith, Joel Nankervis y Sam Delich y dirigida por el cada vez más interesante Kiah Roache-Turner, que no hace mucho estuvo en las salas con Sting. Araña asesina, muestra a unos soldados australianos que naufragan en el mar de Timor tras la destrucción de su buque por parte de la aviación japonesa. Roache-Turner, también firmante del guion, se inspira levemente en lo ocurrido en 1942 al HMAS Armidale.
Sin hacer ruido, Kiah Roache-Turner se está forjando una trayectoria atrayente en el cine de género. Se dio a conocer con Wymwood. La carretera de los muertos, sorprendente cruce entre Mad Max y el subgénero zombi del que luego haría una secuela; se encargó de Nekrotronic, desatada, desigual y con Monica Bellucci; y se apuntó a la renovada moda de los miedos arácnidos con Sting. Araña asesina (más entonada de lo que se dijo). Tiburón blanco. La bestia del mar constata su crecimiento como director y es de las que se ganan al aficionado que sabe apreciar las pequeñas obras que sacan su mejor versión entre la obligada economía de medios.
Puede dejar fríos a quienes busquen y esperen un gran espectáculo y ataques continuos del tiburón. Sin embargo, suple ese despliegue con un acotamiento que le sienta bastante bien a la narración, que una vez introduce el componente bélico (el tramo inicial de las maniobras de entrenamiento) se focaliza en el desgaste de los supervivientes conforme van muriendo, interesante a pesar de que revista sus fórmulas.
Roache-Turner, acostumbrado a los cauces de producción de la serie B, sabe ajustar el tratamiento a las estrecheces presupuestarias. Tiene claro lo que no puede plasmar y, a cambio, procura que lo que sale en pantalla esté lo más cuidado posible. Sus decisiones formales denotan buen criterio y esfuerzo escénico. Destacan la fotografía (atención a ese ambiente de neblina) y la composición de las imágenes grupales en la improvisada balsa con restos de la embarcación. Su preferencia por los planos cortos y ceñidos a los personajes resalta la modestia existente, pero se palpa el esmero puesto en dicha articulación.
El mencionado acotamiento, sugerente, comienza a raíz de cómo la película escenifica la explosión del barco y el ataque aéreo japonés. El director opta por dar rápido paso a la muerte y a la devastación que flotan en el océano. Sin embargo, fluye el ambiente de escenario de guerra y lo grande alrededor (la destrucción) se siente.
Tiburón blanco. La bestia del mar raciona las apariciones del monstruoso depredador, elección justificada por los medios limitados y a la vez motivada porque Roache-Turner se guía por el relato clásico y la sensación de acecho. El empleo de un animatrónico y el factor de la vieja escuela promueven el agrado.
La película, que distancias al margen hace pensar en Kon-Tiki pero con soldados australianos y con elementos de género, contiene toques humorísticos peculiares (las reacciones del militar con una grave conmoción cerebral a cuestas), ideas y detalles a través de los que se vislumbra el tipo de cine predilecto de Roache-Turner. Así lo subraya la sorpresiva aparición previa al enfrentamiento final, una modulación muy de serie B de un aspecto bélico.
AM.MX/fm